El diseño del entorno

 La comunicación visual como medio de expresión ha sido utilizada desde orígenes casi ancestrales para evidenciar una serie de procesos, estilos de vida y costumbres que definen y enmarcan determinado momento histórico.  Ha sido usada antes de su conceptualización e incluso antes de su profesionalización. Después de la Revolución industrial que comprendió la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, el mundo sufrió un conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales que modificaron los procesos de producción abriendo paso a un modelo de desarrollo en “serie” que generó la necesidad de nuevas prácticas de comunicación visual para poder definir y diferenciar los distintos productos existentes de la época.

Con esta pequeña relación sociocultural, podemos esclarecer que la práctica profesional del diseño está inmersa indiscutiblemente en el contexto en el que se desarrolla y que determina sus propios procesos de producción.

Ante el indetenible crecimiento del internet; 1. El uso de redes digitales para comunicarse, 2. Los nuevos medios para publicitar y 3. Las nuevas plataformas para adquirir productos y servicios rompieron, otra vez, el modelo económico tradicional y obligaron a las distintas industrias (dentro de sus áreas de mercadotecnia y publicidad) a replantear nuevas estrategias de comunicación que les permitieran explorar nuevos terrenos con el fin de integrarse a las tendencias globales del mercado y asumir este nuevo modelo como una metodología básica para el cumplimiento de sus objetivos generales o particulares.

Ante este vertiginoso cambio en las estructuras ocasionados por la tecnología, el diseñador debe también lograr un  vertiginoso cambio en la forma de concebirse y concebir  su práctica, asumiéndose como un  puente entre el emisor, la producción de la obra, el receptor y su contexto. Lo que le permitirá determinar un proceso metodológico cambiante que lo obligue a producir piezas de comunicación que cumplan de mejor forma las necesidades no de su clientes ni de su superior inmediato, sino de los usuarios que consumen dichos contenidos.

En su más reciente reporte “Estudio de Hábitos del Usuario 2016”, la AMIPCI menciona que existen casi 70 millones de internautas en México con un crecimiento del 15.7% con respecto al año anterior y con un tiempo promedio diario de conexión de 7 horas y 14 minutos. Y el smartphone ya supera a laptops, computadores y tablets en penetración de acceso a internet. Veremos que en el listado de las actividades que más se realizan; cursos en línea, redes sociales, videos en streaming, etc. Estas casi 70 millones de personas demandan con un hambre voraz consumir contenidos que les permitan elevar el nivel de experiencias de su cotidianidad. Y bingo! este es el momento en el que las industrias recurren a profesionistas y especialistas que ayuden a generar estrategias de marketing digital para dar a conocer de manera vivencial la relevancia de la marca.

Debido a esto la practica profesional del diseño no es un ente pasivo y reactivo a los procesos mencionados con anterioridad. La profesión requiere de mucho más que ser reactiva y convertirse en esa figura propositiva que camine activamente de la mano con la innovación y proponga nuevas estructuras de comunicación que provoquen en los consumidores nuevas sensaciones, nuevos enfoques, nuevas sorpresas y nuevas emociones. En este sentido el diseñador es responsable de eliminar la idea de que el diseño es meramente un lujo, lo kitsch y lo decorativo.

Éste, debe acabar por completo con el reino de la improvisación, la simplificación, y el diseñar en el vacío. Y para ser todavía más aventurados, por qué no pensar también en un diseño social que no sólo determine y esté determinado por el mercado, sino que mediante él podamos modificar realidades, afectar actitudes y sobre todo fomentar la cultura.

Como diría M.Zambrano “sólo hay creación de diseño como resultado de un proyecto, que representa la respuesta a un problema en concreto nacido de una necesidad individual o colectiva. No puede hablarse de diseño, más que en contacto con su realidad, más que cuando la propuesta condensa la realidad que le formuló la demanda. En eso consiste el compromiso del diseñador”.